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El dominio que el poete
Julio Monterrey tiene
sobre el lenguaje es llevado
al plano de la declamación
con la que él recrea
su propia poesía
y poesías de poetas
nicaragüenses y universales,
lo que asegura una simbiosis
exquisita: escribir buena
poesía y declamarla.
Esta virtud de la declamación
le sirve de base e impulso
para darle la mejor tonalidad
y el mejor ritmo a su
creación; quiero
decir, que el proceso
creativo nace desde su
interior, como una fuerza
y energía internas
hacia el exterior: la
poesía consumada.
Por ello, la característica
por excelencia de la poesía
de Julio es el ritmo,
un ritmo pegajoso (no
atosigante), contagioso,
un ritmo hecho música,
armonía.
Muy pocos poetas caribeño-nicaragüenses
han logrado capturar en
su obra ese ritmo que
fluye en las venas ancestrales,
característico
del Caribe como un todo,
cuyas raíces siguen
empotradas en el África
ardiente, y que se han
ramificado infinitas,
helas ahí, en el
poete Julio Monterrey.
He conocido dos intentos
del poeta Monterrey para
ordenar y publicar su
poesía: i) A dos
canaletes, en el que pensaba
hacer binomio con el poeta
Sidney Francis (también
bluefilense, de poesía
muy rítmica) y,
ii) Breve poemario de
amor a mi terruño…
que ha juntado sus históricos
tendones para ser nuevo
canto en nuestras vidas.
Ambos títulos sugestivos
y de alta significancia.
Parte de la poesía
del poeta Monterrey fue
publicada en la primera
ANTOLOGÍA POÉTICA
del Caribe Nicaragüense
(1998), también
en suplementos literarios
y en otras publicaciones
varias; sin embargo, aún
no ha visto la luz su
primer poemario personal,
esperamos que sea pronto,
mientras tanto Julio continúa
estregándose en
las redes irresistibles
de la poesía.
La temática poética
en su obra está
impregnada de paisajes
y personajes propios de
este terruño, así
podemos testificarlo en
el poema Mayo en mi tierra,
así inicia el poeta:
“En mayo las lluvias
se descuelgan con reciedumbre
de parto y sin preludios…”
Es claro, que sin mayores
preámbulos, el
poeta nos sumerge en su
propio ritmo, estilo y
temática, de ahí
para adelante no tenemos
escapatoria, nos cautiva
hasta el final de su poema.
Veamos otros versos en
esta misma poesía:
“En Bluefields los
tambores encienden / volátiles
sanguíneos torrenciales,
/ entre cuerpos voluptuosos
insinuantes / desplazándose,
entregándose, confluyéndose.
Esta poesía es
la viva imagen de las
fiestas de mayo en Bluefields,
un escenario que todos
los costeños vivimos,
pero que Julio es capaz
de capturarlo, sustantivándolo,
adjetivándolo muy
sui generis, fundiéndose
con el ritmo declarado
de Mayo.
El poeta cierra este poema
así: Mientras la
energía dormita
/ sus primeros embates
arrollantes/ de deliciosas
magias derrochadas / vuelve
a la vida”.
Pero esa característica
por excelencia de la poesía
de Julio: el ritmo, cobra
mayor énfasis en
Baila negro: “Baila
negro, tiembla el tambo/
tambo trópico verde
rubí; / de gaviotas,
palmas de oscuro azul
/tras un azul celeste…
Ese ritmo lo mantiene
vivo hasta el final de
este poema: Hay que ampliar
el escenario /más
allá de Cuba y
Jamaica / más allá
de Botswana y Zimbawe
/que lo escuchen los hijos
de Patricio Lumumba /
y lo bailen los hijos
de Nelson Mandela /Hay
que ampliar el escenario
/más allá
del cenit y el tiempo
/en un solo baile, y en
un solo canto.
La poesía de Julio
es para calzarse las sandalias
y mochila al hombro echar
a andar; recorrer el vasto
y pródigo territorio
caribeño nicaragüense;
detenerse para reconocer
los ríos, la naturaleza,
las etnias y culturas;
las lluvias y el ritmo.
En Canto a la Madre Costeña
dice el poeta: ¡Salve
a las madres de mi tierra!
/ desde el caudaloso vertiente
del Wanky / hasta el majestuoso
espejo del Río
San Juan/ A la madre miskita
que eleva mustio/ su canto
de cuna acompañado
del ritmo del tininiska;
y así va entregando
en cada verso características
y dones de las madres
ulwa, garífuna,
rama, creole y mestiza.
De estas dice: “A
la madre Rama que bajo
la luna fluorescente,
/ en la choza amamanta
un cuerpecito / entre
sus fornidos brazos abnegados
/ que ya le arrancaron
el pan cotidiano a la
bahía…”
Y finaliza: “A todas
ellas… donde quiera
que estén / reciban
el canto de mi corazón
desnudo / valientes madres
de la tierra mía/
bendición y prodigio
de la divina gracia /
que convertirá
tus lágrimas quemantes
de tristeza / en hermosas
perlas fulgurantes de
esperanzas. /Benditas
madres de mi maravillosa
tierra.
El poeta Julio Monterrey
es un consumado lector,
admirador de los grandes
escritores, caso este
el de Lizandro Chávez
Alfaro (1928-2006), originario
de Bluefields, cuya obra
trasciende las fronteras
nacionales. Julio le dedica
un poema a Lizandro: Bravo
quijote de fruncido ceño,
/ de savia sanguínea
en su imponencia / con
encendidos fulgores del
Atlántico sol /
irradiando su armadura
impenetrable…/
Lo que sigue en este poema
A Lizandro Chávez,
me parece extraordinariamente
logrado, donde combina
las virtudes del viejo
aventurero, soñador
trotamundos (El Quijote),
con la titánica
lucha de Lizandro con
su propia obra que ahora
brilla límpida
imperturbable más
allá de temporales
horizontes. Así
continúa el poeta
Julio:“Sobre su
terco rocinante cabalgó
/ infinitas leguas en
obstinado avance / dispuesto
a atravesar su artera
lanza / a cualquier grotesco
molino indiferente / a
su amada Caribe Dulcinea.
El final de este poema
no es menos epopéyico
y monumental: “Ahora:
desde el Wangky hasta
Greytown / se alza gigante
su figura inmarcesible
/ por las noches estrelladas
sobre el Caribe / las
angelicales sirenas cantan
su epopeya / y de cuando
en cuando desde el balcón
de luna llena / con calmada
fruición sorbe
su trago / junto a la
grácil y extasiada
Orpha Morris / mientras
deshoja su corazón
en mil venturas.
Un parte-aguas en la historia
arquitectónica
de estilo colonial anglosajón
de la ciudad de Bluefields,
lo constituyó el
gran incendio ocurrido
un 4 de enero de 1970.
El poeta Julio, como tantos
otros habitantes de esta
sorprendente ciudad, recuerdan
ese devastador fenómeno.
El poeta lo recuerda así,
Incendio en Bluefields:
“… De repente,
el apocalíptico
estallido / el furioso
contubernio de los vientos
/ las lenguas dantescas
de fuego arrasante. /
Entre jugosos pinares
de antaño / caobas,
laureles y otras finuras
al / estilo y forma del
viejo New Orleans / espasmódica
sucumbía retorciéndose
/ la hasta entonces historia
memorial de Bluefields…”
Y finaliza este poema:
“De su lacerante
dolor ya superado / surgió
la nueva piel por todos
estrenada / perfilada
en nueva silueta de bauxtita
/ y otra vez con sana
reciedumbre / agitó
sus tambores indomables
/ vertió su luz,
su nervio, su energía
/ y juntó sus históricos
tendones / que se hicieron
nuevo canto en nuestras
vidas.
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